A mi izquierda, el reloj, sobre la mesita de noche, marcaba las 2:30 a. m. Mi respiración entrecortada interrumpió el silencio de la habitación, mientras me acariciaba el pecho como si de esa forma pudiera ayudar al aire a encontrar el camino hacia mis pulmones. Los números azules del oxímetro resaltaban en la oscuridad. Meses después del Covid, seguía comprobando una y otra vez que podía respirar. Las líneas intermitentes, subiendo y bajando, siempre marcaban 96 %.
Meses después del Covid, seguía comprobando una y otra vez que podía respirar. Las líneas intermitentes, subiendo y bajando, siempre marcaban 96 %.
Sentada en la orilla de la cama, con mis pies descalzos sobre el suelo y con las piernas aún temblando, conté 1, 2, 3... al mismo tiempo que inhalaba y exhalaba lentamente. Mis músculos, hasta ese momento engarrotados, comenzaron a soltarse y la respiración se hizo más larga y profunda. Sentí que mis latidos comenzaron a bajar, al mismo tiempo que la puerta era arañada varias veces. Sonreí y fui a abrirla.
La luz de la sala encandiló mis ojos, al mismo tiempo que algo húmedo rozaba mis pies. Bajé la mirada y me encontré con Luna, mi pinscher color canela, que daba saltitos moviendo su cola. Boca arriba, esperó que acariciara su barriga hinchada de recién parida. Su panza suave, fría y lisa subía y bajaba despacio, al mismo ritmo de los latidos de mi corazón, y mi respiración se alineó a la suya. Luna bostezó y caminó hacia el clóset que ya estaba semiabierto esperándola. Cuando entró, salí de la habitación.
Su panza suave, fría y lisa subía y bajaba despacio, al mismo ritmo de los
Algunos días, antes de que llegara a buscarme, la descubría intentando mantener sus ojos abiertos; se le cerraban por segundos y movía su cabecita para despertarse. —Ya llegué, mami— le decía. Sacudía su cuerpo como desperezándose, me saludaba y se iba a dormir; ya había llegado quien la ayudaba a atender a las pequeñas. A veces, mientras esperaba a que Luna regresara, acariciaba a las cachorras un rato o las acomodaba en la casita. Pero ese día solo me senté a observarlas.
Entre los lamidos de Luna, cuerpos tibios y bostezos pausados, fui soltando el control de mi respiración. El oxímetro ya estaba guardado en la mesita de noche. Seguía despertando a las 2:30 a. m., pero ya no para comprobar que seguía respirando, sino para cuidar y agradecer: por seguir viva, por disfrutar nuevamente oír a las cotorras cantar desde mi balcón a las 4 p. m., por sentir el aire acariciar mi piel y la gratitud de Luna cuando, después de un merecido descanso, salía del cuarto, lamía mis manos y regresaba al lado de sus hijas para seguir maternando, mientras yo volvía a saborear la vida.
¿A qué hora se vuelve silenciosa tu mente? Si te resonó esta lectura, me encantaría leerte en los comentarios.
