No me gusta hacer fila.
Hoy vamos al centro comercial a cinco cuadras del apartamento en el que vivimos, desde que los peques tienen un año.
Barranquilla, como cualquier ciudad del Caribe, es calurosa. Mientras caminamos, siento cómo la ropa se va pegando poco a poco a mi cuerpo. Es sábado, cinco de la tarde, y aunque el sol inicia su descenso, quema como si estuviera en su punto más álgido.
El plan es comer un “hedado”, como la lengüita apenas acostumbrada a pronunciar palabras le permite expresar a Andy, uno de mis hijos. Tengo un par de mellizos, una niña y un niño. Están en esa etapa de la vida en la que sus cuerpecitos parecen llevar una batería cargada al 100% las 24 horas del día. Además, esperan que les sigamos el ritmo sin ninguna dificultad. Pero entre mi trabajo y la maternidad, mi batería nunca supera el 20%. Por eso, cuando me toca la travesía maternal de fin de semana, voy escoltada con mi sobrina, la segunda hija de mi hermano mayor y su acompañante permanente desde que, a los trece años, decidió tener novio.
Están en esa etapa de la vida en la que sus cuerpecitos parecen llevar una batería cargada al 100% las 24 horas del día. Además, esperan que les sigamos el ritmo sin ninguna dificultad. Pero entre mi trabajo y la maternidad, mi batería nunca supera el 20%.
Este día está especialmente caluroso, así que los niños se merecen algo refrescante, que para ellos no es otra cosa que helado de vainilla de Popsy. No cualquier helado: de Popsy. Después de una caminata corta entre risas y brinquitos, entramos al centro comercial, tomamos las escaleras eléctricas y llegamos a la zona de comida. Allí me golpeo con una fila que, si fuera una línea recta y no una especie de culebra de múltiples colores y protuberancias, cruzaría la zona de comida de lado a lado.
Como dije, no me gusta hacer fila. En realidad, es como una especie de alergia que se apodera de mi cuerpo y comienza a picar después de 10 minutos de estar de pie, mirando la espalda de un desconocido. No es literal, pero la sensación se acerca mucho. En fin, no hay ni la remota posibilidad de que haga esa fila con mis dos hijos brincando y saltando de un lado a otro, Paola y su novio agachándose y saltando al mismo ritmo de ellos.
Lo único claro e importante aquí es que tengo que comprar el helado. El problema es: ¿dónde y cómo, sin que hagan un berrinche? Porque definitivamente no sería de Popsy.
Los dejo en la fila, con mi sobrina, y me voy a comprar una bolita de helado en Crepes & Waffles, que está increíblemente vacío. Pido un helado de vainilla. Me preguntan cuál, de no sé cuántas opciones. —El más rico— es lo que primero sale de mi boca. Nunca lo he probado, así que en realidad cualquiera me va bien. Creo que eligieron el más caro, porque el precio supera el de la competencia, pero en ese momento me importa un rábano: no voy a hacer esa fila. Pago y me siento cómodamente frente a mis hijos, a comer el helado. El objetivo es provocarlos, saboreando el helado más rico del mundo, y antojarlos hasta tal punto que me pidan probarlo y después quieran que les compre uno. La vainilla se deshace en mi boca y, antes de alcanzar a saborear la segunda cucharada, ya no estoy en el centro comercial.
Estoy sentada frente a la entrada de la cocina de nuestra casa en Mamatoco, un barrio de Santa Marta que, hace treinta años, parecía más un pueblo polvoriento a las afueras de la ciudad, que un barrio. Entre los cuartos y el comedor había un pasillo y en medio la cocina. Frente a esta había una pared que me servía de respaldo. Yo estaba sentada, con mis pequeñas piernas abrazadas al pecho, y veía cómo mi mamá parecía gigantesca mientras iba de un lado a otro dentro de aquellas cuatro paredes, con el enchape sin terminar y una alacena inferior sin puertas.
En una estufa blanca, enorme, conectada a una pipeta de gas, mi mamá revolvió la leche con la vainilla y un poco de maicena, disuelta en agua, para espesar. No sé cuánto tiempo pasó revolviendo, pero poco a poco sus movimientos comenzaron a ser más lentos.
—¿Falta mucho, ma?
Ella me miró con sus ojos verdes de gata y su sonrisa que destilaba amor.
—Ahora hay que dejar que se enfríe bien para después meterlo en la nevera.

La nevera verde menta parecía una camioneta antigua destartalada. En el congelador, la escarcha, que unos días antes había alcanzado el tamaño del iceberg que golpeó al Titanic, empezaba a derretirse.
– Esperemos a que esté congelado para la reunioncita –dijo mi mamá con una sonrisa forzada, después de respirar profundamente, como si le faltara el aire.
La nevera verde menta parecía una camioneta antigua destartalada. En el congelador, la escarcha, que unos días antes había alcanzado el tamaño del iceberg que golpeó al Titanic, empezaba a derretirse.
En mi casa existía la idea de que los hijos no teníamos por qué enterarnos de los problemas de los adultos. Ellos debían protegernos de sus preocupaciones. Por eso yo no sabía que mi papá se había quedado sin trabajo ni que mi mamá estaba haciendo rendir cada peso para preparar mi cumpleaños. Hoy pienso que los niños pueden comprender ciertas dificultades, siempre que los adultos sepan explicárselas sin convertirlos en responsables de ellas.
Recordar ese momento y comprender, como adulto que era una época de escasez me hizo darme cuenta de que, aunque los “te amo” y los “te quiero” no fueron frecuentes en mi infancia, el amor de mi mamá estaba en sus acciones: en el plato de comida que preparaba con sus manos, en las veces que llegaba temprano para cuidar a mis hijos y en esas llamadas para recordarme lo que sé que debo hacer, pero muchas veces olvido.
Ahora entiendo que ella ama estando presente. A veces cocina, a veces cuida, a veces insiste. Hace treinta años también revolvió leche con vainilla y maicena para regalarme un helado que no terminó de congelarse, pero que a mí me pareció —y todavía me parece— el más rico del mundo.
